Von Wernich y la causalidad diabólica.
Con tranquilidad pasmosa, impersonal, desde el estrado de acusado -como si aún estuviese en el púlpito frente a sus feligreses- el sacerdote torturador y genocida Cristian von Wernich reveló que la culpa de que no existiera paz y reconciliación era por la obra del diablo, manifestada a través de las acciones humanas. De esta forma lavaba culpas propias y ajenas, justificaba el accionar represivo de la dictadura y colocaba su propia condena en el espacio virtual de los triunfos del demonio, el eterno adversario del Hombre.
Un mecanismo simple, que ha pasado desapercibido para la mayoría, que desnuda la mentalidad represiva y policíaca que subyace a una visión conspirativa de la historia. Es la base de todo estado policíaco, una visión social dicotómica entre el bien absoluto y el mal absoluto, en la cual el poder encarna al bien y toda subversión que se le oponga es la esencia del mal. Toda persecución en menor o mayor medida necesita satanizar a su enemigo, convertirlo en la fuente de todos los males. Es la causalidad diabólica, el poner como causa primera de todos lo males sociales a un grupo minoritario que conspira contra el resto de la sociedad desde las sombras.
León Poliakov –célebre estudioso del antisemitismo- mencionaba como ejemplos históricos de causalidad diabólica a los casos de los judíos en Alemania nazi, los masones, los jesuitas en el siglo XVIII, los comunistas durante el maccartismo, la locura de la caza de brujas europea, la conspiración exterior imperialista o aristocrática en la Rusia estalinista y la Francia jacobina; todos eran los agentes portadores del mal. Perseguidos con ferocidad exterminadora en algunos casos -y siempre para justificación del orden social existente así como generadores de consenso para la represión- estos grupos sociales han sido estigmatizados como enemigos de la humanidad, la religión, la nación y de todos los valores sagrados que constituían a una sociedad determinada. Eran descriptos como un grupo pequeño, extraño a la sociedad, a sus valores sagrados y sentimientos más puros, infiltrado, indistinguible, siempre dispuesto a la traición, que hacía necesaria la existencia de organismos especializados para su detección y eliminación del cuerpo social. Así surgen –y son justificados en el imaginario social- la Inquisición, la Cheka, la Gestapo, el FBI y las comisiones de investigación del senador Mc Carthy, los grupos de tareas del Proceso de Reorganización Nacional y todos los cuerpos policiales y judiciales que se encargan de planificar la represión sobre la “subversión internacional”.
Todos estos fantasmas pueden ser, en alguna medida, reales o imaginarios, pero en todos los casos los más interesados en difundir su existencia son sus perseguidores. “La treta más grande del diablo es lograr que no creamos en su existencia” sostienen los partidarios de las teorías de la conspiración. Una posible versión desde el punto de vista de von Wernich sería, “la treta más grande de la subversión es hacernos creer que no hubo una guerra, sino una masacre indiscriminada”. Hoy resulta burdo -por la obviedad de las intenciones- el pensamiento entre demonizador y santurrón del ex capellán del asesino Ramón Camps, pero no era tan evidente en los ‘70 cuando desde el Estado y los medios de comunicación se propagaban estos evangelios antisubversivos. El término delincuente subversivo englobaba significados tales como: marxismo, judaísmo, masonería, terrorismo internacional, narcotráfico, anarquía, sinarquía, delincuencia, caos, esclavitud, disgregación nacional, ateísmo, alienación, conspiración extranjera y un largo -larguísimo- etcétera con todos los ingredientes del recetario fascista.
Parecen tiempos lejanos, pero cada tanto los coletazos de la causalidad diabólica hacen su aparición, a veces solapadamente y otras explícitamente. Los discursos de Chávez y los de Castro, así como los de Bush, Sharon y los de los fanáticos islámicos llevan esa marca indeleble, como la llevaron los de Perón, los de Hitler, los de Mussolini y los de los milicos del Proceso. Detrás de ellos se huele la mentalidad policíaca: la alusión a los demonios que conspiran contra el pueblo que ellos defienden con pasión represora y destructora. Otros aspirantes comparten la misma mentalidad: Patti, Blumberg, Macri, Grondona, como mandamases o como funcionarios intermedios.
Otros, en cambio, son los que se ensucian las manos, son los ejecutores, los que pasan desapercibidos, los que aspiran a defender su gris empleo en una oficina burocrática, y que son los más numerosos. No pierden oportunidad de vigilar hacia los costados y señalar demonios en las oficinas, las fábricas, los hospitales y las escuelas, nunca dejan de ir a denunciar a la comisaría, a la iglesia, al comité de defensa de la revolución o a la unidad básica, en todas épocas y lugares, ciudadanos decentes, serviciales y obedientes. Son el principal puntal de apoyo del Estado y su policía. Han reemplazado la solidaridad horizontal (el apoyo mutuo por dentro el pueblo), por la solidaridad vertical (obediencia al Estado): cuando buscan a su semejante, miran perrunamente hacia arriba.
Cuando el discurso de la causalidad diabólica -del enemigo oculto que conspira entre las sombras- no logra hacer pie en el pueblo, la artimaña se revela claramente y sus expositores quedan como fanáticos ridículos o como represores ultramontanos. Pero cuando se propaga en el imaginario social, se abre el espacio para la carnicería, donde los Videla aparecen como los profetas de un nuevo orden y los Astiz o los von Wernich, como sus ejecutantes.
El Estado que hoy lava su imagen condenando a Cristian von Wernich: es el mismo Estado que cometió y volverá a cometer los mismos crímenes para defender su razón de ser, porque la esencia del mal no radica en los demonios imaginados, sino en quienes tienen necesidad de inventarlos para imponer su dominio. Y esta es por lo menos una de las diferencias entre enjuiciar y “hacer justicia”.
Lobisón
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