(Tomado de EL FINANCIERO, MEXICO)
PIEDRA GALLO
MI TÍO CONTRA CHILANGOLANDIA
Déjenme disentir: resulta más enriquecedor haber nacido en un rancho que ser chilango. Sin duda el ranchero es un ser más integral. El defeño, de conciencia parcializada por necesidad, en general es un egoísta.
Esta ciudad te come el juicio a cucharadas. He vivido en al menos 10 urbes, dentro y fuera del país. Aquí he encontrado a los seres más profundamente desequilibrados. Al cabo de un tiempo, deja de sorprender que quien es admirado por su desempeño profesional, esté tan destruido en aspectos emocionales. Tras la cara pública, hay monstruos de miedo, egoísmo, envidia.
Salvo excepciones, el chilango ignora aquello con que nunca debería perderse contacto. Lo no superfluo. Y cree que los huevos salen del refrigerador y los bisteces de Wal-Mart. Hay aquí quienes nunca han visto a una gallina poner, o como se destaza una res. Algo se nos ha fundido en la cabeza porque a nuestras manos llega sólo un trozo alejado del todo al que pertenecía. No tenemos, como en el rancho, a la vista los ciclos completos. Nacimientos, vida y muerte.
Para el chilango huevos y carne se relacionan con la palabra “comprar”. Envuelto en su rush de estar haciendo algo “muy importante, no repara en el esfuerzo que implica tener esos productos a la mano. A cambio de casi nada, el hombre de campo nos mantiene provistos de alimentos y así seguimos ensoñando que somos grandes y mejores que él.
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Un habitante de ciudad chica conoce su entorno completo y así es como tiene “controlado”, un pequeño “todo” que ayuda a la integración de su conciencia.
El chilango no. En su cabeza no hay la totalidad de nada, sólo “subsecciones”. No hay mente que pueda abarcar esta ciudad a cabalidad. Por eso vivimos como “perdidos”. Desubicados. Siempre frente a algo inasible.
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Alguien podría contraponer que aquí vive la gente más culta del país, digamos un doctor en filosofía. Pero el universitario prueba que, mientras más se profundiza en una zona del saber, más se ignoran las demás. El doctor es un “especialista”. Y las “sabidurías”, hoy, no son sobre la vida, sino sobre aspectos tangenciales de ésta. No me quisiera imaginar a Sánchez Vázquez perdido en la montaña, o en la selva, o con el excusado tapado en un mundo sin plomeros.
Toda sabiduría del rancho es mucho más basta, básica y práctica. Una sabiduría para vivir, no para presumir.
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Un tío que para mí es como un “gurú”, uno de los seres humanos que más admiro, y cuyas enseñanzas me parecen invaluables, nunca ha leído un libro de filosofía. Pero sólo desde el engreimiento de la cátedra un chilango podría llamarle “ignorante”.
Por lo pronto, él mismo hizo su rancho completo. Hizo los adobes gordos como de hacienda. Remojó la tierra adecuada, la mezcló con la paja y excremento de vaca. No le dio asco. No veo a un doctor haciendo esto. No creo que sea tan útil. Lo veo argumentando que “para eso estudió, para no tener que hacer adobes”.
Pero mi tío también tiene un taller de electricidad, de mecánica automotriz y de bicicletas. Si tu auto se descompone, cualquiera de sus hijas en el rancho te lo echa a andar. Abren el cofre con calma y observan. Esto es lo que el chilango ha olvidado ya. Ver los procesos por dentro. Prefiere pagar y botar el problema. Por eso no aprende nada. Por eso el dinero le es tan imprescindible. Al fin del día, sólo habrá aprendido a pagar, y el ranchero, a hacer las cosas por sí mismo. Lo cual es más edificante y rico.
Pero el tío además sabe todo de siembras, cosechas y ganado. Escribió Rizsard Kapuchinsky que los verdaderos sabios actuales son aquellos viejos con rostro ajado por el sol, quienes, una vez que el agua escasea, saben dónde están los oasis. Cuando nos alcance la cruda de la “civilización” industrial, esos “ignorantes” que siempre hemos despreciado, se revelarán como indispensables ,y ahí estarán los urbanos, rogando.
Así es mi tío. Camina kilómetros a sus más de 70 años buscando árnica en los cerros. Conoce cada hierba. Me recomendó amoles y lechuguilla cuando quise saber con qué podría abolir en mi vida los jabones contaminantes.
Se ríe de la gente de las ciudades grandes. De cómo no saben ordeñar, ni montar a caballo, ni matar un pato, ni fabricar un horno. Y en cambio, mantener su estilo de vida significa depredar el equilibrio del campo y sus recursos. Son como virus.
Mi tío nunca viaja a las ciudades. Ama el campo y su libertad. Me recuerda a Gandhi con su rueca y su hilar de camisolas. No compra zapatos, hace sus propios huaraches. Curte en salvado la piel de vaca y la afloja luego untándole sesos. Tiene cultivos de autoconsumo, no pasa hambres. En los atardeceres lo he visto sonreír, a gusto con lo que la vida le ha dado. Empero, para cualquier “licenciado” chilango, él sería un ignorante. Sólo que el chilango universitario no es ningún sabio. Pero mi tío sí, y le deseo larga vida.