(Tomado de El Financiero, México)
Piedra Gallo
Guerreros contra profesionistas
Raúl Tortolero
No nos enseñan a dialogar. Tampoco qué es el amor, la amistad y la alegría, sus virtudes e implicaciones sobre la salud personal y social, ni a manejar las emociones, convivir en paz, nutrirnos, o actuar creativamente.
¿Por qué? Porque la “educación” institucional recibida desde la infancia es una imposición desconectada de la realidad.
No crea seres integrales, entrenados para edificar una sociedad plena, sino “profesionistas”. Es decir, sabedores de un oficio no asegurado, quienes actúan desde una desarticulación holística, juzgando al mundo desde la óptica de su especialidad, un saber siempre parcial.
La “educación” no atiende las necesidades emocionales, mentales, espirituales y físicas de un ser humano actual. No fue diseñada como el basamento psíquico para una sociedad autosustentable, madura, libre y creativa, sino como la plataforma de entes rapaces que destruyen todos los valores humanistas para sobrevivir compitiendo en el mercado laboral.
Las escuelas oficiales mexicanas tienen más de 45 años de retraso en sus conceptos, metodologías y organización con respecto a las vanguardias de los años sesenta, entre éstas las “escuelas activas”, donde el voto de los niños, conformados en asamblea, cuenta lo mismo que el del director. Sus debates giraban en torno a qué comer, cómo arreglar desperfectos en la infraestructura, o gastar los ingresos (de las colegiaturas y de apoyos externos). Hablo, entre otros, de A.S. Neill, y su educación para la libertad y el amor.
Pero aún las escuelas “activas” son algo caduco hoy en día (incluídos los sobrevaluados “Montessori”). Su principal virtud fue el haber formado niños que toman decisiones y asumen las consecuencias, y sólo cursan materias de su interés, nunca siendo obligados a recibir algo impuesto –lo cual sucede cada día entre millones de estudiantes mexicanos-. Hoy se sigue promoviendo el absurdo “enciclopedismo”, consistente en que el alumno acumule datos y los repita. No se estimula la investigación y no tiene sentido memorizar la tabla periódica de los elementos químicos (porque puedes consultarla), ni las capitales de los países de Asia, como sucede ahora.
Es urgente configurar creativos paradigmas educativos integrales que aborden todos los ámbitos del ser humano (emociones, mente, físico, y espíritu) y no privilegien la “intelectualidad”. Algunos diccionarios dan cuenta de este enfoque actual al definir “educación” como un “proceso de socialización y aprendizaje encaminado al desarrollo intelectual…”.
Lo más grave es que aquellas vetas profundas que necesitaríamos haber aprendido para gozar una vida de calidad, nunca nos fueron enseñadas y no aparecen en ningún programa escolar. De ahí algunos estragos sociales que presenciamos.
No nos entrenan para vivir una vida con amor –no tiene por qué ser visto sólo desde la religión: pertenece al campo de la salud emocional y por tanto física-. No sabemos cómo construir una amistad duradera, ni cómo generar estados de bienestar, como la alegría.
Más allá del Tepochcalli y el Calmécac de nuestros antepasados precuauhtémicos, de los cuales valdría la pena recobrar algunas fórmulas de preparación guerrera, necesitamos construir una verdadera nueva educación integral para el siglo XXI.
Y esto tendrá que suceder primero, de manera paralela a la oficial. En cursos, talleres, seminarios, y en casas de cultura, centros holísticos, escuelas privadas, para después, irse integrando a los programas institucionales.
Por ello, una educación para este siglo deberá promover la práctica –por extraño que nos parezca- del amor, la amistad, la convivencia armónica, el respeto, las emociones, la creatividad, nutrición, ecología, medicina tradicional, y artes marciales. No tiene sentido preservar el autoritarismo al imponer materias arbitrarias superficiales. Una educación que solde “guerreros”, entendiéndolos como seres completos, en pie de lucha, estables y fuertes, con un conocimiento profundo de sí mismos, es lo que nos urge.
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