1.
El deseo tiene una pariente rica, poderosa y obstinada que lleva el nombre de necesidad. El deseo y la necesidad van algunas veces de la mano, pero se pelean también con mucha frecuencia. La necesidad está acostumbrada a hablar en voz muy alta, a gritos, y proclama que sus puntos de vista son ciertos, verdaderos y absolutos.
La palabra absoluto le produce alergia al deseo, que prefiere términos más manejables y sencillos, como propicio, agradable, relativo.
Para la necesidad, sus hijas forman con ella la familia más importante del mundo. Ellas son el hambre, las quintillizas biológicas, la intemperie y otras que no recuerdo, porque sumadas a los hijos adoptivos la prole de necesidad es increíblemente numerosa. En efecto, la necesidad se dedica a adoptar hijas e hijos como pasatiempo. Así forman parte de la familia la riqueza, el conocimiento, los afectos, el poder, la figuración social y muchos más. Crecen, se multiplican e invaden el mundo. Hasta los teléfonos celulares se dicen hijos de la necesidad.
Pero para mantenerse en su lugar preponderante la necesidad tiene que guardar bajo llave un secreto de familia en el que reside todo su poder: el secreto es que toda su fuerza reside en el deseo.
Jamás lo aceptará públicamente. La versión oficial es la inversa: el deseo requiere de la necesidad para vivir. Es un pariente sin recursos que depende totalmente de su tía rica. La supervivencia, una de las hijas más encopetadas de la necesidad, que es quien maneja la mayor parte de los negocios de la familia, sostiene que el deseo es in-necesario, en otras palabras, que se trata de un hijo bastardo o adoptivo, huérfano, recogido.
Al deseo le importa poco lo que digan de él. Sabe, para empezar, que uno no tiene necesidad de vivir si no lo desea . Ni de amar, ni de tener hijos, casa, empleo, coche, yate, acciones en la bolsa o zapatos de marca.
Por eso mismo la necesidad se encarga de hacer pasar falsas necesidades por deseos, muy calladita y subrepticiamente.
Cuando se encuentran a solas, deseo y necesidad hablan sin tapujos. Deseo admite su amor por sus primas biológicas, por el conocimiento, por su gemelo el placer y por muchas otras necesidades, pero se manifiesta siempre en contra del poder, del éxito, de la salvación y de otra serie de personajes que la necesidad quiere hacerle aceptar a toda costa. El deseo manifiesta que sería mucho más fácil alimentar las necesidades básicas de todos los habitantes del planeta que seguir inventando necesidades artificiales, como las bélicas, que se encuentran para él entre las más odiosas.
Necesidad confiesa a veces que ya le es imposible volverse atrás, que el proceso que ha desencadenado es irreversible. Y agrega que para producir un cambio mundial se necesita poder. La necesidad se entrega a un llanto histérico; entonces el deseo se despide y se ausenta.
2.
El placer es, como hemos dicho, hermano gemelo del deseo. Algunos sostienen que el parto fue de trillizos, y que el tercer hermano es el dolor. En otra versión el dolor es un pseudónimo utilizado por el placer y por el deseo en ocasiones en que la presión de la necesidad se vuelve insufrible. También se habla del dolor como del vicio al que deseo y el placer se entregan cuando no ven realizados sus caprichos. Mucho se ha dicho y escrito acerca del dolor. Como en el caso del valor las intrincadas teorías son de poca utilidad para el manejo cotidiano de los momentos dolorosos. Baste decir que el dolor aparece y desaparece de manera poco predecible en la mayor parte de los casos y que cesa tarde o temprano.
El placer y el deseo son inseparables: no hay deseo que no sea deseo de placer. Quienes pretenden hacer del dolor el vehículo para obtener placeres artificiales o ilusorios lo hacen también por placer, aunque no lo confiesen. El placer disfrazado de dolor es una de las armas favoritas del poder. Con la falsa premisa de un dolor compartido el poder hace que unos sufran para que otros acumulen placer. Pero el placer no puede ser acumulado: se degrada y se convierte en dolor. El dolor no es bueno para nadie y debe ser evitado a toda costa. Como el poder, del que hablaremos más adelante.
Dicho esto, es fácil reconocer como evidencia que deseo y placer son las fuerzas que mueven la vida. El placer es el objetivo último y real de todas nuestras acciones, pensamientos y sentimientos.
Es por el placer de vivir que seguimos con vida, Es por placer que procreamos, hacemos arte, ciencia, negocios, religión y todo lo demás.
Esta evidencia es disimulada sistemáticamente por el poder, que busca incansablemente alias o seudónimos para el placer con el propósito de escamotearle su crédito como motor del universo. Puede que sea por envidia, ya que el poder se avergüenza de si mismo y debe disfrazarse de mil formas para imponerse, con lo que llegado el momento no cuenta con fuerzas para disfrutar del placer. Lo que más molesta al poder es que el placer está al alcance de todos sin grandes ni complicados trámites. Para el poder, en cambio, hace falta desplegar una enorme parafernalia para obtener una dosis mínima de placer, generalmente ficticio.
En su eterna guerra contra el placer, el poder ha inventado una gran cantidad de venenos destinados a intoxicar a la gente y privarlos del disfrute para el que la vida entera los ha destinado. El deber, el sacrificio, la obligación, la ley, la justicia, el castigo, el peligro, el infierno y muchos otros.
Todo ha sido en vano. Deseo y placer proliferan irremediable, espontánea, salvajemente.
Son los hijos predilectos y mimados de la vida y ni siquiera la muerte puede contra ellos. Porque la muerte es esclava de la vida. Aunque el poder intente convencernos de lo contrario.