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Los Angeles: empoderamiento latino entre caos racial

by Raul Tortolero Saturday, May. 06, 2006 at 1:57 PM
raultortolero@yahoo.com www.geocities.com/raultortolero/

Las recientes marchas por los derechos de los inmigrantes en Estados Unidos son imprescindibles, pero detrás de ellas hay aún un grave desconcierto interracial por resolver. Hace falta una ideología unificadora de las diferencias entre las etnias, entre las razas, por encima de sus inclinaciones sociales, culturales, económicas.

29 Abril 2006. Los Angeles, CA, USA.- Ésta es una ciudad más bien desangelada. Parece como si los ángeles que pudieron haberla bendecido alguna vez, y que le habrían dado nombre, todos esos celestiales encantos hubieran sido sustituidos, poco a poco, uno a uno, por los llamados “homeless”, que los hay por miles.
Sólo en el centro de esta capital californiana, hay unas 10 mil personas carentes de casa. Pero, cuidado, el concepto “homeless” –que textualmente podríamos traducir como “los sin-casa”- va mucho más lejos que simplemente no contar con una propiedad inmobiliaria donde vivir.
En México, ya sea en Puebla o en el DF, o en cualquier otra ciudad grande, lo que mayoritariamente vemos en las calles son personas sin dinero, a menudo indígenas, pero, a diferencia de los homeless angelinos, nuestros pordioseros no están por de fault en el fondo de la drogadicción, no son unos junkies, ni están infectados de sida. Los homeless, si tienen en cambio algo que los unifique, es su inveterado gusto por todo tipo de sustancias que les pongan a volar la cabeza, sea mariguana, cristal, cocaína, metanfetaminas o heroína, como también el placer que encuentran en huir de la regadera y deambular por las banquetas apestando y con ropas en jirones.

DELIRIO CALLEJERO

Algunos de los homeless con quienes tuve oportunidad de platicar argumentan que son veteranos de distintas guerras, sobre todo de la de Vietman. Uno de ellos es un afroamericano de unos 60 anos, encorvado y vertido como gelatina sobre las escaleras del Metro-rail en la estación 7th Street, esquina con Hope St, en pleno downtown. Tiene todo el tiempo en sus manos un cartel en donde alega ser veterano y pide dinero.
“Spare some money”, fue lo primero que me dijo luego de que pude tomarle una foto. Como quien dice, móchate con una lana, no nomás me estés sacando fotos como si fuera un objeto de museo. Cuando le pregunto por qué no tiene casa, le echa la culpa al gobierno, como si éste tuviera la obligación de dársela sólo porque fue soldado. Hay miles de personas que no sirvieron a su patria –si es que ir a matar para exterminar ideologías distintas al capitalismo, o por petróleo, es realmente “servir a la patria”- en ninguna guerra, y sin embargo sí cuentan con una casa bastante decente, incluso con una alberca, que aún en abril no puede usarse debido al frío.
Al día siguiente vuelvo a ver a este mismo homeless, pero ahora mucho más drogado que el día anterior. Para eso quiere las monedas que le regala la caridad angelina. Un poco de cristal o unas cuantas líneas de coca pueden costar aquí unos 20 dólares. El vapuleado hombre sigue ahí en el mismo lugar, con su mismo vaso de plástico viendo cómo pasa el tiempo que le queda de vida mientras caen otros centavos para que se compre una rebanada de pizza de 1.85 dólares.
Pero vive de las sobras de los demás que le son entregadas acaso más por deshacerse de los restos de comida que va uno a cargar hasta la casa, que por bondad. Porque los angelinos son más bien fríos. No son gente muy cálida. Han puesto un muro entre ellos y todo lo demás. Tanta gente de recónditos países produce miedo y desconfianza. Nadie sabe con quién está tratando.

DESCONFIANZA RACIAL

Si preguntas una dirección en la calle, se detienen unos segundos, te indican el camino, u honestamente reconocen desconocerlo, pero eso es todo. Puedes encontrar dos chicas poblanas trabajando de cocinera y cajera en un pequeno restaurant frente a la Pershing Square, hablas con ellas unos minutos, una te dice que ya se quiere regresar a México porque lleva acá siete anos pero aún no acaba de acoplarse a los modos angelinos de vida, la otra juzga que mejor sí se queda en este país, pero eso es todo.
Hay cierta solidaridad entre paisanos, sobre todo si son exactamente de tu mismo rancho o colonia, o mejor aún, si tienen un conocido mutuo. Pero hasta ahí llega la cosa. Nada de hacer amistad así nada más. Los habitantes de Los Angeles son bien desconfiados. Hasta algo paranoicos. No tanto como los chilangos, porque aquí no hay secuestros express, o tantos asaltos a mano armada, pero las muertes relacionadas con peleas entre gangas o bandas de pandilleros llegaron a representar el 44.8% de los homicidios en el 2000, según el Gang Homicide Study de Los Angeles. Un porcentaje alarmantemente al alza, si vemos que en 1989 hubo sólo un 34.9% de asesinatos por gangas. De acuerdo con el Departamento de Policía de Los Angeles, en los últimos cinco anos se registraron 23 mil crímenes violentos verificados atribuibles a bandas en esta capital. Esto incluye 784 homicidios, y 12 mil asaltos. En la pasada tregua de Navidad, fueron recogidas por la policía sólo en Compton 610 armas incluyendo AK-47 y Uzis. Es decir, si en México las AK-47 son sinónimo de narcotraficantes, acá la mayoría de quienes las portan son sólo adolescentes. Por todo esto, la desconfianza de los angelinos.

MAL MASTICADA DIVERSIDAD

Hay inmigrantes de tantos recovecos del mundo, y tantas diferencias entre ellos, tantas religiones, tantas posturas políticas, que realmente no es fácil digerir en un sólo bocado toda esta exhuberancia poliétnica. Sin duda esta ciudad aún está masticando su contenido y tardará mucho en aprender a nutrirse de todo lo que en ella pulula y en aprender a distinguirlo de la basura. Sin embargo, la imagen más fuerte que evoca, por desgracia, a Los Angeles, no es la de una ciudad multicultural, sino la de calles silenciosas, tristes y repletas de homeless.
Considero que sólo en segundo lugar se puede hablar del multiculturalismo, de la diversidad racial. Los homeless son infaltables aquí. Su desquiciamiento, su mugre, sus adicciones, y a veces su locura y su criminalidad, son para mal la estampa que queda luego de vivir aquí un tiempo. La mayoría de los homeless sobreviven concentradamente en las calles del centro de Los Angeles, incluso algunos lo hacen dentro de una casa de campana, de las mismas que usan los boy scouts, pero los hay también en los centros de las ciudades comprendidas en el amplio condado de Los Angeles. Y las libertades ciudadanas aquí prohíben que se les impida el paso, por ejemplo, a las bibliotecas públicas, gracias a lo cual hay decenas de estos seres desamparados y desarrapados ocupando asientos, sillones, sillas, escalones, y servicios sanitarios, dentro de un espacio en teoría reservado no para dormitar, sino para leer.
En una biblioteca pública como la Central en el corazón del downtown, en la 5th Street, donde fotografié jeringas usadas en sus banquetas, puede resultar hasta peligroso ir simplemente al mingitorio, totalmente apestoso, pero además, donde han sido retiradas las puertas de los excusados, para impedir supuestamente que los homeless se inyecten algo o usen el lugar para doparse despreocupadamente.
Si entras a orinar y resulta que hay ahí una asamblea de homeless elevándose a la quinta potencia, tal vez hasta las ganas de orinar se te quiten. Es cuando recuerdas a tu país, donde hay muchos problemas, pero puedes ir a leer el diario y a orinar en la biblioteca sin oler sudores rancios de varios meses en la mayoría de los otros lectores asistentes, y pasar sustos innecesarios en los sanitarios. Está bien que en México no dejen entrar a las bibliotecas a gente tan desastrosa.
Es notorio además que muchos de los homeless son de raza negra. Algunos son anglosajones –o gueros, como les llaman aquí los mexicanos a los rubios-, y muy pocos, los menos, son latinos. Mientras los latinos llegan a estas tierras floridas con algo de smog con todas las ganas de trabajar y salir adelante en términos económicos, los afroamericanos siguen de alguna manera hundidos en el resentimiento de haber sido maltratados durante siglos. Y de ahí se deriva mucho de su encono contra los latinos.
O sea, Los Angeles, sólo luego de caracterizarse por sus miles de delirantes homeless, acaso como ninguna otra ciudad en el mundo, puede ser identificada por su gran diversidad racial y cultural. Tal vez en los Estados Unidos sólo haya un más acentuado internacionalismo en Nuava York.
Sólo que, ojo, quien esté pensando que esta diversidad de colores de piel se manifiesta como un bonito y armónico anuncio de los Colores Unidos de Benetton, está incurriendo en un grave error. Nada de United Colors, ni que nada. Lo que hay es una tolerancia más bien forzada por la policía hacia los que no son iguales a uno. La policía es supuestamente muy estricta y te da un ticket por cualquier cosa. Por estacionarte 5 minutos más de lo permitido, vi a un chicano multar por 65 dólares a un auto cerca de Broadway Street, en el centro. Por pasarte un alto, por escupir, por lo que menos te imaginas.
En Los Angeles viven, según los datos oficiales más recientes, unos 13 millones de personas, de las cuales el 47% son de origen latino –pueden haber nacido ya aquí aún cuando sus padres sean de América Latina-, luego hay un 30% de blancos, un 11% de negros y un 10% de asiáticos. El resto son cucharadas minoritarias del resto del mundo, como Europa y Australia. Este nuevo predominio latino no significa para nada que los latinos –o hispanos- se amen o se respeten ni siquiera entre ellos.

EL FACTOR "GANGA"

Mucho de la supuesta proverbial tolerancia californiana no tiene una base en la educación, en la cultura, sino en la amenaza de represión por parte de las leyes. Para entender el fenómeno del racismo es imprescindible, al menos en California, ahondar en el mundo y los mecanismos de las “gangas”, o pandillas, acaso la tercera línea angelina de estudio –luego de los homeless y el aspecto multicultural- que nos permite ahondar en el asunto.
Ya se ha escrito mucho al respecto. Las gangas en California, en Los Angeles, tienen, como todas las bandas en el mundo, ciertos aspectos relacionados a la desintegración familiar, con la pobreza, con la ausencia de valores religiosos, morales o sociales, con la necesidad de los adolescentes de sentirse parte de algo, de sentirse protegidos, y como un método de autodefensa y dominio territorial.
Atrás de las marchas de inmigrantes de las semanas anteriores, de la televisada y aparente unión entre todos, hay una larga historia de graves desaveniencias entre latinoamericanos y hacia otros grupos raciales. Por ejemplo, una de ellas es la que ocurre entre centroamericanos y mexicanos. Especialmente entre salvadorenos y mexicanos. Esto se debe básicamente a que las mafias más grandes en Los Angeles tienen su origen en nacionales de El Salvador y en nacionales de México. Según me informaron miembros en activo y en retiro de distintas gangas angelinas a quienes entrevisté, a estas mafias son a las que las gangas territoriales, de las distintas ciudades en el condado o county de Los Angeles (suerte de delegaciones en el DF o de municipios en los estados mexicanos), sean de East LA, de Compton, de South Central, de Long Beach, se anexan mediante pagos de “taxes”, o impuestos, un modelo que por supuesto han aprendido del gobierno. En este sentido, es bien sabido que dos de las principales mafias que aquí operan son la Mexican Mafia –conocida también como La M- y la Mara Salvatrucha, de El Salvador.
Los dirigentes supremos de estas organizaciones criminales no necesariamente son personajes públicamente conocidos o populares, y tampoco serían fácilmente reconocidos por usar ropas estilo cholos: pantalones guangos, camisetas blancas, barba de candado, cabeza rapada, tatuajes. Esa parafernalia habría que dejarla para los integrantes de las clickas, que a su vez contituyen las células esquineras de las gangas que son el cuerpo operativo del crimen organizado a gran escala.
Traducción: casi por necesidad de sobrevivencia, muchos latinos se anexan a temprana edad a una ganga. Y ahí el compromiso puede ser tan fuerte que tal vez no puedan salirse nunca más. Si un latino es molestado en las calles por pandillas de afroamericanos, pronto buscará protección con los de su raza. Lo mismo al revés. El principal choque es, curiosamente, entre grupos latinos y negros. No se aceptan mutuamente muy fácil, y por eso es bastante raro encontrar parejas interraciales. Los mexicanos se casan en un altísimo porcentaje con otros connacionales. No hacerlo equivale casi a una suerte de traición “a la raza”, dicen algunos mexicanos. Tal vez aquí lo primero que debería implementarse es un programa social que fomentara, que pusiera de moda las parejas interrraciales, como solución a largo plazo a todo el actual racismo.

DIVISIÓN LATINA

Ahora bien, no sólo existe aquí pugna histórica entre la Mara Salvatrucha y la Mexican Mafia, sino que también, como decíamos, hay gangas de negros y de gueros. Pero además, del mismo modo hay guerra entre distintas organizaciones criminales mexicanas. Tal es el predominio del perfil pandilleril en Los Angeles, algo que es probado con la inmensa cantidad de filmes y canciones sobre bandas juveniles y no tan juveniles aquí avencindadas, que la moda de vestir entre latinos es justamente el estilo de un gangster. La música que más se escucha es el hip hop, un concepto que tiene todo de callejero, en su lenguaje soez, crudo, con su afición a lo porno y a la violencia, y en especial ha triunfado el Gangsta Hip Hop. Ahí está el gran patrocinador de Eminem, Dr. Dre con sus temas gangsteriles, igual que el famoso Snoop Dog, una vez coacusado y eximido de asesinato.
Parece como si toda la demás música hubiera pasado de moda. Pero en cuanto a forma de vestir, no hay duda: en California el look mexicano es cabeza a rape, barba de candado, aretes plateados o con un brillante en forma cuadrada, pantalones bombachos, y brazos, espalda y hombros tatuados sólo en negro. Mujeres encueradas, cholos, pistolas, diablos, Jesucristos, Vírgenes de Guadalupe, el nombre y rostros de hijos, hijas, madres, amantes, todo eso es bienvenido por los mexicanos y sus descendietes chicanos.
Los Angeles está a sólo tres horas de Tijuana, pero parece tan lejos. En North Long Beach, a unos pasos de la estación del Metro Rail –esa suerte de tren ligero, más que metro subterráneo- Del Amo, en la línea azul, hay un gran mural de la Virgen de Guadalupe en un mercado. Pero nadie parece en lo más mímino ser muy religioso. Aquí la Virgen hace las veces de pegamento de partes sueltas mexicanas, de sus hijos desacarrilados en este lado de la frontera, y sirve como un símbolo de identidad nacional, pero en mucho está desprovista de su profundidad religiosa.
Puedes distinguir el origen mexicano de una persona, si tenías dudas al respecto, cuando ves su cabeza pelona. Camisolas largas, hasta las rodillas a veces, de beisbol, o llanas y blancas, bermudas anchas, varias tallas más grandes, son lo común, algo de todos los días por acá. Pantalón negro y playera blanca. Pero la verdad es triste ver como los mexicanos, para identificarse entre sí y defenderse, han tenido que recurrir a un perfil tan emparentado con la delincuencia, con algo tan negativo. Muchos de los pelones no son gangsters, pero quieren parecer serlo para prevenir ataques en su contra. Te meten la duda de si lo son o no, y en tanto, no te arriesgas a molestarlos. Para ellos ha resultado más cómodo producir miedo y algo de respeto, que lástima. Por eso es un recurso tan socorrido.

EFERVESCENCIA LATINA ANTE LA ULTRADERECHA

En en este amplio contexto que las marchas de empoderamiento pro-inmigrante han surgido en las últimas semanas. Se trata más que nada de una fuerte oposición ante la posible promulgación de una ley, la Sensenbrenner (HR443), que afectaría a unos 5 millones de inmigrantes indocumentados mexicanos que viven en Estados Unidos, de los 12 en total que existen. El boicot del próximo lunes, para no trabajar, para no comprar nada norteamericano en México, para convertir en realidad la película de Un día sin mexicanos, es un loable intento edificante, el comienzo de la entrada en la legalidad, de un rostro digno para los mexicanos y los inmigrantes en general. Es un primer paso. Platicando con guatemaltecos, chilangos, jaliscienses, zacatecanos, costaricenses, todos están de acuerdo en no trabajar este lunes. Muchos ya están legales, pero recuerdan por todo lo que tuvieron que pasar para quedarse en este lugar, con rosas, con flores, pastos bien podados, donde todos tienen casa, coche y tele grande, pero en el peor de los casos, eso es lo único que tienen, y lo tienen muchas veces a costa de no poder atender a sus hijos por tener que trabajar todo el día, y a costa de lo que sea.
La California de chicas rubias de buen cuerpo junto a autos de carreras rojos con el mar de fondo no existe, como tampoco queda nada de los ideales hippies de amor y paz, de psicodelia, de unión con el cosmos, y ni siquiera puedes escuchar buena música sonando mientras recorres a pie la ciudad, que por cierto, no está pensada para ser caminada, los últimos camiones asociados al Metro Rail salen a las 7:30 pm, y el privilegio del uso del auto es muy marcado. Sin uno a la mano, no llegas muy lejos. Música fuerte en el auto está prihibida, como también incluso hablar fuerte en el Metro Rail, que sólo cuenta con cinco líneas. En cambio, Los Angeles es un lugar lleno de gangas, violencia, homeless, racismo, basura y desconcierto racial. Las marchas actuales son una efervescencia excepcional que no necesariamente cuajarán en nada unificador. Pero hacerlas es imprescindible. Al tiempo.

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